Un país que no necesite enemigos
- Maira Duque

- hace 1 día
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¿Qué pasa en una sociedad cuando una mitad celebra y la otra mitad siente miedo? Recién pasaron las elecciones presidenciales en Colombia, y mientras miles de personas salieron a las calles a celebrar con pitos, banderas, camisetas de la selección y la sensación de que el país finalmente tomó el rumbo correcto, otras miles se quedaron habitando algo muy distinto: tristeza, incertidumbre, preocupación, miedo.
Vivo en Medellín, una de las ciudades que más votos aportó a la derecha, y en los días que rodearon las elecciones algunos amigos y conocidos que compartieron públicamente su voto por la izquierda empezaron a recibir insultos y ataques en redes sociales, mensajes intimidatorios en whatsapp, gritos de los vecinos y hasta amenazas con panfletos.
Somos una sociedad que lleva generaciones viviendo bajo distintas formas de amenaza y violencia política. Podríamos narrar buena parte de nuestra historia a través de los conflictos que han enfrentado a unos colombianos con otros: realistas vs independentistas, liberales vs conservadores, guerrillas vs Estado, paramilitares vs guerrillas, hasta gobiernos vs movimientos sociales. Los nombres cambian, los actores cambian, pero parece que el mismo patrón se repite: una y otra vez hemos intentado resolver nuestras tensiones destruyendo o dominando a las personas que están al otro extremo, cuando el verdadero desafío es aprender a relacionarnos con ellas sin convertirlas en una amenaza existencial.
Más allá de quién ganó las elecciones, me parece que la pregunta vital de este momento es si queremos seguir construyendo un país atrapado en una guerra donde cada polo sólo puede existir negando al otro, o si podemos empezar a encontrar un terreno común desde donde imaginar algo diferente.
¿Dónde construímos ese territorio común?
Tal vez hay que dejar de mirar únicamente eso del otro que nos amenaza y empezar a preguntarnos qué está intentando proteger. A veces perdemos de vista que detrás de muchas posiciones políticas, incluso las más extremas, hay algo valioso que las personas están intentando cuidar: una identidad, una comunidad, una forma de entender el mundo, una visión del futuro, la memoria de sus ancestros, la familia que aman, la empresa que construyeron, los derechos que conquistaron, la posibilidad de vivir bien en los términos que para cada persona significa vivir bien.
Podemos tener diferencias profundas sobre cómo construir el país, pero detrás de esas diferencias hay seres humanos intentando proteger algo que aman. Sería hermoso que la conversación deje de girar alrededor de quién tiene razón y comience a abrir espacio para esa pregunta más difícil y bella: ¿qué estamos intentando cuidar cada uno de nosotrxs?
Y aquí es donde aparece una de las dificultades más grandes de nuestro tiempo, porque la polarización nos empuja constantemente en la dirección contraria; nos hace creer que luchamos contra valores opuestos, cuando muchas veces estamos defendiendo valores que una sociedad necesita sostener al mismo tiempo: necesitamos estabilidad pero también transformación; necesitamos derechos pero también seguridad; necesitamos libertad individual pero también responsabilidad colectiva; necesitamos orden pero también diversidad; necesitamos continuidad pero también cambio. La tensión entre estos valores no es una falla del sistema, es parte de cualquier sociedad viva; el problema aparece cuando perdemos la capacidad de sostener esa tensión y sentimos que una de las fuerzas debe eliminar o dominar completamente a la otra. Tal vez ese ha sido uno de los grandes bucles de nuestra historia.
Y justamente por eso más allá de quién ganó las elecciones, lo que me preocupa es qué vamos a hacer con el miedo que sigue habitando a millones de personas. Porque una democracia no madura cuando una mitad del país logra imponerse sobre la otra, sino cuando quienes ganan las elecciones son capaces de reconocer y darle un lugar a los temores de quienes perdieron, y cuando quienes perdieron pueden seguir viendo humanidad en quienes ganaron.
Aunque sé que quien ocupa la presidencia tiene una enorme capacidad para influir en el rumbo de un país, también sé que una sociedad no se construye únicamente desde ese poder: se construye sobre todo en las conversaciones que sostenemos, en las diferencias que aprendemos a tramitar, en los vínculos que cuidamos o rompemos, en la capacidad que tenemos de seguir reconociendo humanidad en quienes ven el mundo de manera distinta.
Somos un país lleno de contradicciones, pero la contradicción es parte inevitable de cualquier sociedad viva. No es tiempo de eliminar nuestras tensiones, sino de aprender a sostenerlas sin fracturar los tejidos que nos unen. Sobre todo, es momento de dejar de construir país desde las heridas que heredamos y reconocer que nuestras diferencias pueden convertirse en el terreno fértil donde vive la posibilidad de imaginar y escribir una historia distinta.



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