top of page

No tener que ser nadie

  • 1 may
  • 4 Min. de lectura

Aurora nació.


El 1 de mayo de 2025 antes de la madrugada, después de ocho horas de un parto intenso y bello, su cuerpito diminuto se asomó a este mundo, a nuestra casa, a mis ojos de mamá por primera vez. La miré y vi un ser increíblemente pequeño diciéndome que mis brazos iban a ser su hogar para toda la vida. Pensé que tener una hija es el verdadero “para toda la vida” y me asusté.


Los días siguientes fueron acostumbrarme a su presencia, volver a tejer mi cuerpo roto pedacito por pedacito mientras la alimentaba, la cargaba, le cantaba arrullos para dormir y bailaba con tambores para despertarla. 


Los días siguientes fueron sentir que no tenía fuerzas para lo que estaba viviendo ni para todo lo que vendría después y, en medio de la angustia más grande, descubrí un poder brotando desde un lugar desconocido de mí. Entendí que a veces expandirse no es crecer hacia arriba, sino rendirse: cuando una se siente sin fuerzas, rendirse con el corazón abierto ante el misterio de la vida. Y ahí, en la oscuridad más profunda, el poder simplemente se manifiesta.


El nacimiento de mi hija llegó a removerlo todo, a agitar las bases más profundas de mi vida, de mi identidad, del sentido mismo de mi existencia. Y caminar ese pantano viscoso y denso del posparto donde todo parece vacío, donde los hilos que tejen la identidad y el sentido aparecen rotos, fue encontrarme con las grietas de todo lo que yo pensaba de mí misma y del mundo. Ahí, en completa rendición frente a mis ruinas, algo bello empezó a manifestarse.



El lugar en el que nada sostiene mi identidad


Por muchos años creí en la historia de que el trabajo me daba sentido, valor y propósito. Hablo del trabajo no solo como empleo, sino como ese impulso constante hacer algo con mi vida, de moverme hacia algo, de construir algo. Vivimos en un mundo donde la pregunta “¿quién eres?” se responde con lo que haces; no con lo que amas, no con lo que cuidas, no con lo que te sostiene por dentro. Como si identidad fuera sinónimo de productividad, como si ser alguien fuera volverse visible, reconocible, nombrable para el mundo. Muchos años viví ahí, en ese afán silencioso de ser alguien, de volver mi vida significativa haciendo activismo, creando proyectos bonitos, trabajando… como si todo el tiempo tuviera que justificar que existo. Y entonces, un Día del Trabajo, nació Aurora.


He pasado un año -más nueve meses de gestación- viviendo otra forma del sentido: la de los cuidados. La de la vida que se pasa entre cocinar, barrer, limpiar, dar teta, conversar de todo y de nada con mis amigas, cargar a mi bebé dormida, dar teta, caminar en un parque, abrazar árboles, volver a dar teta. Y en medio de un tiempo sin agenda, sin metas, sin nada que mostrar, me pregunto ¿quién soy yo cuando mi identidad no la resuelve un “hacer”, un trabajo, o un proyecto que estoy creando? ¿Quién soy yo cuando no estoy moviéndome hacia algo ni construyendo algo? ¿Quién soy yo cuando no estoy haciendo nada visible para el mundo? ¿quién soy cuando no estoy intentando ser alguien?


Entonces miro a Aurora. Ella no tiene que hacer nada y ya es el centro de mi universo y el de mi familia. Ella no tiene que hablar, no tiene que caminar, no tiene que volverse extraordinaria. Solo su existencia ilumina todos los rincones de nuestra vida. Ella no tiene que justificar que existe… solo existe y ya lo es todo.


La miro y me pregunto por qué yo sí siento que tengo que justificar mi existencia; ¿quién me enseñó que tengo que convertirme en “alguien” para merecer estar aquí? Tal vez casi todos los seres humanos empezamos la vida sabiendo que solo existir es suficiente, que ocupar un lugar ya es una forma de sentido, que no hay que ser nadie ni convertirse en nadie, que el propósito de la vida es vivir. Pero después lo olvidamos.


Hay un miedo profundo a no ser nadie, porque creemos que “no ser nadie” es desaparecer. Pero este tiempo hecho de días simples, repetidos, invisibles, he conocido la libertad de no tener que ser alguien, de existir sin convertirme en proyecto, sin el peso de tener que hacer algo visible, significativo, reconocible para el mundo. Este tiempo he conocido la plenitud silenciosa y casi secreta de saber con todo mi ser que existo y que eso es suficiente; que Aurora existe y que eso es suficiente.


Aurora no es “alguien” para el mundo y ya lo es todo para mí. Pienso que tal vez esa es la verdad de todos los seres humanos y no humanos que ocupamos un lugar en la Tierra: que antes de “ser alguien” para el mundo, ya somos todo en el espacio vital que ocupamos. Que no tenemos que ser nada diferente porque ya somos la totalidad.



¿Soportaríamos el vacío de serlo todo sin tener que hacer nada? 


Mi posparto fue encontrarme con ese lugar donde no hay logros que me sostienen, ni identidad que me nombre, ni historia que me explique. Y en ese umbral donde no hay nada a lo que pueda aferrarme, donde no tengo que hacer nada ni convertirme en nadie, pude simplemente habitar la presencia plena de mi ser. Aprendí que mi poder no viene de lo que hago, viene de lo que soy cuando dejo de resistirme. Aprendí que no tener que ser nadie no es desaparecer… es ocupar mi espacio vital, ese espacio íntimo y misterioso desde donde la vida se despliega, con toda su belleza, a través de mi ser.





 
 
 

Comentarios


Hecho con 🤍

  • Instagram

hola_mundos_

Suscríbete a nuestro boletín

¡Gracias!

bottom of page