top of page

Más allá del activismo, el postactivismo como un lugar de presencia

Actualizado: 30 oct 2025

del activismo al postactivismo hola mundos

(Este texto está escrito en femenino, refiriéndome a las personas)


Llevaba varios meses llorando sin saber muy bien por qué, me sentía desilusionada, agotada, desconectada de mí misma. El mundo me dolía igual que antes: la crisis ecológica, las desigualdades, los homicidios, la indiferencia de tantas personas… pero cada vez se hacía más insostenible para mí salir a protestar, convocar encuentros de ciudad, escribir manifiestos, ir a reuniones con políticos para intentar convencerlos de algo importante. Ya eran 7 años de mi vida haciendo activismo y aunque aquí mis amigas y yo construimos un lugar para soñar que el mundo podía ser distinto, ahora me preguntaba si realmente habíamos logrado algo significativo, si habíamos logrado cambiar algo.


Ese día fue mi primera cita con Carla, y después de conversar un rato me dijo: “Estás transitando una crisis muy profunda que está rompiendo tus estructuras internas; hay algo diferente que quiere salir. Es como si dentro de ti una torre inmensa se estuviera derrumbando”. Durante los años siguientes y con las palabras más amorosas del mundo, Carla me acompañó a desplomarme, a romperme en pedacitos, a caminar mis contradicciones, desenredar mis nudos internos, soltar “mi identidad” para entrar en un espacio silencioso, vacío y fértil donde muchas partes de mí que no conocía empezaron a revelarse.


Durante los años siguientes tampoco encontré energía para seguir convocando acciones ciudadanas, ni protestas, ni escribir propuestas. El activismo muchas veces te exige un cuerpo invulnerable, una voz firme y tajante, reacciones inmediatas, verdades contundentes, identidades definidas… pero ¿qué pasa cuando nos sentimos rotas, confundidas, cansadas? ¿qué pasa cuando queremos hacer silencio o cuando ya no nos sentimos bien en el lugar en el que estamos? ¿qué pasa cuando ya no sabemos quiénes somos? ¿dónde cabe la duda, el duelo, el no entender?


En ese momento me declaré activista en pausa y me dediqué a hacer silencio, a volver a conectarme conmigo, a contemplar todo lo que se me estaba cayendo por dentro. Ya no quería señalar las contradicciones del mundo sino abrazar mis propias contradicciones; ya no quería luchar afuera sino habitar y resolver mis luchas internas; dejé de buscar los monstruos y villanos del mundo para bailar con los monstruos que viven dentro de mí; dejé de intentar salvar a otros para salvarme a mí, sanarme a mí. 


En este camino fui comprendiendo que a veces desde el activismo terminamos reforzando y replicando las mismas lógicas del sistema al que nos oponemos: la damos toda afuera sosteniendo procesos y causas colectivas, pero se nos olvida cuidarnos a nosotras mismas; nos sometemos a altos niveles de estrés, emociones de rabia, ira, dolor que se convierten en las sensaciones predominantes en nuestra vida cotidiana con todos los costos que esto trae para nuestra salud mental; replicamos esa mirada dualista y simplista de los héroes y los villanos, nosotros los buenos y ellos los malos, nosotros los que tenemos la razón y ellos que están equivocados, sin trascender a miradas más complejas, más relacionales, menos reduccionistas de la sociedad; luchamos y nos oponemos ante un sistema, ofrecemos ahí todo nuestro fuego sin cuestionar nuestro propio lugar dentro de este sistema… y a veces terminamos quemándonos, como me pasó a mí.


¿Y qué tal si la forma como respondemos a la crisis es parte de la crisis? preguntó un día el filósofo Arturo Escobar. Puede que el activismo también esté en crisis, al menos mi forma de hacerlo. Con el tiempo entendí que todas las crisis están conectadas: la del mundo, la del activismo y la mía interior, son parte del mismo nudo. El mundo que se quiebra afuera refleja el mundo que se quiebra dentro de mí. Por eso todo lo que hago para desenredar mis nudos, para sanar y cuidarme, también es una forma de cuidar y sanar el mundo que se está rompiendo.


Nunca pensé que existiera un lugar en el que se encontraran mi camino espiritual con mis exploraciones activistas para sembrar cambios en el mundo; y aunque esto iba emergiendo aún no encontraba la forma de nombrarlo. Hasta que conocí al filósofo y activista nigeriano Bayo Akomolafe quien nombra este proceso como el “postactivismo”. Me pareció hermoso reconocerme a mí misma en esa transición del activismo al postactivismo.


El postactivismo es pasar del hacer constante, de la denuncia, de la confrontación, a formas de presencia en las que nos permitimos sentir y ser canal para todo lo que quiere emerger y manifestarse a través de nosotros en este instante. Descentra el “yo que lucha” y llama al yo que está presente con todo lo que está presente, incluso el dolor, la confusión, la vulnerabilidad, las contradicciones mías y las del mundo. No se trata de pelear más fuerte o de hablar más duro, sino de estar más profundamente, de ofrecer nuestro corazón para sentir todo lo que necesita ser sentido, toda la belleza y todo el dolor que sucede en el mundo; desde ese lugar encontrar los caminos para la acción.


El postactivismo no busca salvar el mundo ni resolver los problemas globales; propone más bien contemplar el mundo como va sucediendo, escuchar las grietas de un mundo que se está rompiendo, escuchar lo que nos dice un sistema que se está muriendo, que ya no puede sostenerse en pie, darle un lugar a su dolor.


El postactivismo no exige coherencia, reacciones inmediatas, propuestas brillantes, ni siquiera busca convencer a nadie de nada. Más bien es un lugar para las preguntas sin respuesta, para abrazar el misterio, las contradicciones, el trauma, el silencio.


Habitar un mundo que está colapsando puede ser muy doloroso y el postactivismo es un lugar para acompañarnos en el dolor de rompernos en mil pedazos, o como dice mi amiga Felisa para “expandirnos en mil pedazos”, para habitar la vulnerabilidad compartida abriéndonos a lo que aún no comprendemos, sosteniendo juntas lo que duele sin huir.


Por supuesto que el activismo sigue siendo necesario en nuestro mundo, y el postactivismo no renuncia a sus valores, aunque sí propone una transformación en sus formas y se ofrece como un espacio complementario, necesario, urgente en el que el silencio, la lentitud, el cuidado son una forma de revolución. Donde cuidarnos es también una forma de cuidar el mundo.


Es fácil imaginarse cómo hacer activismo juntas… pero ¿cómo hacer postactivismo juntas? No sé muy bien… y me gustaría probar. Por eso estoy creando el primer laboratorio postactivista de @hola_mundos_: “Abrazar el dolor de un mundo roto”. Será un lugar para encontrarnos online durante 4 sábados de noviembre (2025) sin consignas, sin urgencias, sin convicciones, y acompañarnos a explorar cómo el cuerpo y el sonido de nuestra voz pueden sostener el dolor que a veces no podemos nombrar. El postactivismo es un camino indefinido, poroso, experimental, y este laboratorio es un lugar para abrirnos a los universos que aún no comprendemos y que se están abriendo paso entre todo lo que se va rompiendo. ¿Te gustaría participar? Inscríbete aquí.

Comentarios


Hecho con 🤍

  • Instagram

hola_mundos_

Suscríbete a nuestro boletín

¡Gracias!

bottom of page