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Sanar las palabras

Actualizado: 23 abr 2024


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Ya es parte de nuestra vida cotidiana lidiar con las peleas interminables en redes sociales, con las palabras duras y cargadas de rabia cuando hay diferencias profundas. Ya nos acostumbramos a las palabras que atacan y lastiman; el lenguaje se convirtió en un campo de batalla.


En este momento de elecciones en Colombia las palabras llenas de hostilidad se asoman con más fuerza; la política ahora es una disputa por ser el centro de atención: quién grita más duro, quién promueve más odio, quién hace más piruetas, quién pone una tendencia en redes sociales, quién pone la valla más grande... todos actos desesperados por llamar la atención.


¿Por qué ha sido tan exitosa esta forma de hacer política? ¿Por qué tienen más resonancia en nosotros, así sea para reaccionar en contra, las palabras de odio y rabia que las palabras amorosas y de encuentro?


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Por esta época al tiempo que leo tantas palabras llenas de rabia, también he tenido la bella experiencia de caminar el Cauca, compartir historias y "palabrear" con las comunidades Nasa y Misak; esto es, encontrarnos alrededor del fogón (tulpa para los Nasa, nachack para los Misak), compartir medicinas ancestrales como la chicha, la hoja de coca, el chirrincho y conversar.


Quisiera que mientras lees, viajes a una casa con un fogón en el centro y muchos banquitos de madera alrededor; que sientas el olor a humo, el calorcito del fuego, las paredes y el techo pintados por el hollín de tantas palabras que han pasado por aquí. En un espacio así, suceden las conversaciones más simples y cotidianas de la casa, pero también se resuelven conflictos más difíciles y se toman las decisiones más importantes para la comunidad.


El palabreo es en esencia una conversación sin tiempo, sin agenda, sin afán, en la que damos vueltas sobre una pregunta o una idea, como dibujando una espiral que nace en el centro del fogón; es compartir la palabra por el placer de compartir el pensamiento con otras personas y tejer juntas. En el palabreo, cada persona encuentra su momento para hablar y su momento para hacer silencio, que no es solo silencio de la voz sino también de la mente.


Aquí nadie se hace en el centro de la conversación, nadie intenta ser el centro de atención; todos sabemos que el centro es el abuelo fuego, él va marcando el ritmo de las palabras. A medida que conversamos todos observamos el fuego, lo cuidamos, le ofrendamos chicha y hoja de coca. Cuidar el fuego es un acto que invita a cuidar mi palabra y cuidar la palabra del otro.


Repetir las mismas palabras desde otras voces es como tejer juntos las puntadas de una mochila o de un sombrero tradicional: nunca es “suficiente ilustración”, nunca “te estás extendiendo demasiado” porque en ese repetirnos es como se va tejiendo el pensamiento colectivo. Compartir las diferencias es el camino natural para inventar nuevas puntadas que al mismo tiempo inventan nuevos tejidos, nuevas perspectivas y pensamientos; en las diferencias también se teje el pensamiento colectivo.


No sentí en nadie el deseo hablar para deslumbrar, encontrar seguidores o buscar validación en los otros. No sentí que nadie quisiera revelarle la verdad al otro o mostrarle que “yo tengo la razón”, incluso cuando puede haber posiciones encontradas. No pasó que alguien se montara encima de las palabras de otras personas ni las atropellara. Palabrear es compartir la palabra por la alegría de compartir el pensamiento y tejernos juntos.


El fogón es el corazón alrededor del cuál se teje la palabra. Contemplar el fuego es conectarnos con nuestro propio corazón, para que la energía que son las palabras no salga de la cabeza, sino del latido del corazón; para escuchar a los otros no con la cabeza sino con el corazón.



En un espacio así, fue inevitable sentirme profundamente conmovida y a veces llorar. Sentir la suavidad de estas palabras, fluir de una forma tan tranquila en las conversaciones y en los silencios me ayudó a comprender lo dominantes que somos con la palabra en mi mundo, lo duro que hablamos, todo lo que luchamos por homogeneizar los discursos, todo lo que nos atropellamos al hablar.


Palabreando fui consciente de que ya estoy acostumbrada a vivir en las palabras como un campo de batalla; de que en mi mundo casi siempre hay una persona que se hace en el centro de la conversación… y que muchas veces ocupar ese centro es motivo de las peores disputas. Palabreando sentí que perdimos consciencia del poder creador y destructor de las palabras, que dejamos de cuidar las palabras, que desterramos el silencio de nuestras conversaciones. Hace poco Lucía Estrada dijo: “la desconexión con el silencio es lo que nos lleva a tener la desconexión con la palabra”.


Palabreando sentí que tal vez lo que hoy vemos en el contexto de la política no habla esencialmente de lo horrible que es la política, sino de las prácticas que culturalmente hemos construido alrededor de las palabras, de lo dominantes que somos con el lenguaje.


Las palabras son una forma de compartirnos energía. ¿Podemos crear rituales para compartirnos energía de amor y sanación, en la vida cotidiana y también en la política? ¿podemos sanar nuestras palabras? ¿podemos sanarnos a través de las palabras?


¿Se les ocurren ideas de cómo podríamos hacerlo?


Gracias a la comunidad Nasa de Toribío, a los comuneros Misak del Jardín Botánico Las Delicias y al Consejo Ancestral Willka Yaku (@consejowillkayaku) por permitirme participar de muchos palabreos y aprender de su sabiduría ancestral.

 
 
 

1 comentario


Invitado
26 oct 2023

Amo leerte y admiro tu disposición a conocer el mundo desde diferentes perspectivas, a reflexionar sobre las vivencias de quienes han sido tan recurrentemente calificados como ignorantes por no tener prácticas o pensamientos similares a los nuestros.

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