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El proyecto de desindigenizar Colombia


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Hace un tiempo estuve en una muestra de cortometrajes en Sibundoy, creados y producidos por jóvenes Kamentsa. La mayoría de los cortos de alguna manera hacían referencia a la misión de los Capuchinos en el Valle de Sibundoy - Putumayo y a medida que pasaban las imágenes yo lloraba sintiendo todas estas historias abrirse espacio en mi cuerpo. Los jóvenes narraban los dolores que sufrieron sus abuelas, abuelos, mamás, papás en los tiempos de la misión capuchina en el Putumayo, la prohibición de hablar su lengua materna, de practicar sus rituales sagrados ancestrales; hablaban de los castigos horribles que tenían que soportar cuando desobedecían o cuestionaban a los Capuchinos.


Las misiones religiosas llegaron a muchos países de América Latina con el propósito de “civilizar a los salvajes”. Esto obedecía a una teoría ampliamente aceptada en el mundo, según la cual los indígenas no eran humanos del todo porque “todavía tenían muchos rasgos de salvajidad, (...) pero ellos podían ascender paulatinamente por la escalera cultural hasta alcanzar la civilización occidental" [1]


En 1889 Colombia estableció un plan de misiones religiosas, donde el gobierno nacional se comprometió a financiar a la iglesia para “reducir las tribus salvajes a la vida civilizada”, lo que a su vez permitiría integrar nuevos brazos al progreso material de la nación [2]; hasta los políticos más liberales defendían estas ideas. En 1893 llegaron los misioneros capuchinos a Putumayo, Caquetá y otras órdenes religiosas también llegaron a La Guajira, la Sierra Nevada, Urabá, Vaupés, la Amazonía y muchos otros territorios donde vivían comunidades ancestrales.


El proyecto civilizatorio significaba evangelizar en el cristianismo, eliminar las tradiciones y práctica ancestrales considerándolas como cosas del diablo y salvajes, prohibir la lengua materna, educar en las costumbres y formas de vida occidentales, amenazar con la excomunión, torturas físicas y castigos terribles a las personas que dudaran de este camino. Crear orfelinatos para educar a las niñas y niños indígenas fue fundamental; se consideraba la estrategia más efectiva para “civilizar” porque los niños eran más dóciles que los adultos [3].


Este fue sobre todo un proyecto de desindigenización, de blanqueamiento y mestizaje que buscaba que los pueblos ancestrales se vieran a sí mismos como inferiores culturales, que sintieran vergüenza de ser lo que eran y que poco a poco se fueran despojando de su identidad para convertirse en campesinos… Sí, los campesinos eran considerados personas con un "nivel cultural superior".


Los métodos para hacerlo fueron los más crueles y despiadados. Existen cientos de denuncias sobre el trato que recibían los indígenas por parte de los misioneros, los castigos, las flagelaciones, los asesinatos, el despojo de tierras que convirtieron tierras indígenas en haciendas ganaderas de la propiedad de los misioneros. En una denuncia presentada en 1906 por el Intendente Nacional del Putumayo al Ministro de Gobierno, se narraba:


“Actualmente se está siguiendo un juicio a uno de los misioneros por la flagelación de una india, quien murió después de algunos días de haber sido azotada. Qué espectáculo, Señor Ministro, el que presenta una india puesta de rodillas, las espaldas mal cubiertas, en presencia de su esposo o de sus padres, o de sus hijos, recibiendo azotes con una correa de cuero torcido y tieso, que no debe usarse ni para las bestias. El espectáculo es más patético si es un misionero el que flagela. La mujer queda enferma física y moralmente, llagada las espaldas y herido el corazón.” [4]


En 1913 un grupo de personas hizo otra denuncia formal ante el Procurador General de la Nación donde señalaban todas las arbitrariedades y atropellos cometidas por los capuchinos; a esta le siguieron muchas otras denuncias. Aún así, el gobierno siguió fortaleciendo las misiones y les otorgó con el tiempo más control sobre la tierra, sobre las autoridades indígenas, la educación y la vida cotidiana de las personas; una de las razones de más peso, es que los misioneros ayudaban a defender la frontera con Perú de la colonización por parte de la Casa Arana, empresa peruana que buscaba hacerse a más territorios en la Amazonía para aumentar la extracción de caucho y la esclavización de pueblos indígenas.


Fue solo hasta 1929 que los misioneros capuchinos salieron del Putumayo y otros territorios de Colombia, pero la huella de esta historia sigue latente. Uno de los choques más fuertes de mi viaje por el Cauca, Nariño y Putumayo ha sido ver cómo muchas personas con raíces indígenas se desentienden completamente de ser indígena, lo miran con desprecio, dicen orgullosamente “es que yo soy mestizo”, osea, un poquito más blanco que el resto. Hasta hace muy poco tiempo, muchas mamás y papás habían decidido dejar de enseñarle la lengua a sus hijos para que no fueran maltratados en la escuela y no sufrieran de bullying. También es resultado de esta historia y de la colonia en general, que gran parte de la población indígena el país volcó su fe a la religión católica, va misa, le reza a la virgen (esto es algo que necesitamos ver sin juicio y con ojos de curiosidad porque hay muchísimo por aprender) y así como hay personas que integran el catolicismo o cristianismo con los rituales ancestrales, hay otras que piensan que los rituales ancestrales son del diablo.


También ha sido un descubrimiento hermoso de este viaje, ver cómo muchas personas mestizas y “mestizadas” hoy están (estamos) recorriendo ese camino de regreso a las raíces ancestrales, cómo muchas comunidades indígenas están volviendo a conectarse con sus historias de origen, con su identidad, con su lengua materna, con esa sabiduría escondida debajo de tantos años de dolor y sufrimiento. Hoy los abuelos y abuelas están volviendo a contar esta historia desde su voz, acompañando el camino de sanar las heridas que dejó la colonia pero que también ha dejado la república.


Una parte de este trabajo lo están haciendo jóvenes indígenas de diferentes territorios escribiendo, haciendo música, investigando, creando productos audiovisuales que cuentan la historia desde otros lugares. Algunas personas hablan de recuperación, otras de renacimiento, otras de volver a ombligarse… como sea, este es un camino de regreso a las raíces para reconocerse en la conexión con los espíritus de la tierra, para volver a encontrarse en las identidades “perdidas” que son el corazón de los territorios y de la vida.


Quienes aparentemente hemos vivido tan lejos a esta historia, también necesitamos volver a nuestras raíces para reconocernos en la conexión profunda con la Tierra y los seres con los que compartimos esta existencia. Tal vez ahí encontremos respuestas para las crisis que vivimos como humanidad.

Referencias


1. Gómez, Agusto. 2015. “La misión capuchina y la amenaza de la integridad territorial de la Nación, siglos XIX y XX”. En Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República. Volumen XLIX, núm 89.


2. Correa, Francois. 1989. “Estado, desarrollo y grupos étnicos: l ailusión del proyecto de homogenización nacional”. En Identidad, ed. M. Jimeno, G. I. Ocampo y M. Roldán. Bogotá.


3. Kuan, Misael. 2013. “La misión capuchina en el Caquetá y el Putumayo 1893 - 1929”. Tesis Maestría en Historia, Pontificia Universidad Javeriana.


4. Becerra, Rogerio María, “Informe que presenta el Intendente Nacional del Putumayo al

Excmo. Presidente de la República por conducto del Sr. Ministro de Gobierno”, Mocoa,

24 de enero de 1906. Tomado de “La misión capuchina y la amenaza de la integridad territorial de la Nación, siglos XIX y XX”.

 
 
 

1 comentario


Invitado
29 nov 2023

Gracias por escribir, Mai. No conocía esta historia.

Pauli T

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